Actualidades Culturales



Invitamos para este viernes 01 de junio a las 19:30 hrs
a la Presentación del libro
 Historias de Rock del escritor aconcagüino Marco López Aballay.
El evento se realizará en el resucitado restaurant
 Valparaíso mi Amor,
luego de haberse quemado su locación del Centro Cultural IPA, La nueva ubicación es:
 
Salvador Donoso 1408
 (esquina Pudeto), segundo piso (frente a la comida china).
Presentarán los escritores
 Marcelo Novoa, Claudio Faúndez
y el ilustrador del libro
 Sebastián Moncada.
Amenizará la banda de Rock acústico
 GASA

y se ofrecerá un vino de honor.
Los esperamos!
Un Abrazo, Felipe Moncada Mijic

http://www.edicionesinubicalistas.blogspot.com/
http://www.revistalapiedradelalocura.blogspot.com/












CACAÍNA
Unos cien mil santiaguinos reconocen ser consumidores de la "Diosa Blanca". La policía duplica la cifra. Analizamos dosis callejeras en el Instituto de Doping de la Universidad de Chile, y los resultados son lapidarios. Lo que la gente compra como cocaína resultó ser basura. La más pura tenía 90% de aditivos. La peor, menos del 1% del alcaloide. El resto es cal, yeso o "rayado de pared", glucosa, ácido bórico, tánax, laxantes, harina, maicena, anestesiantes, benzodiazepinas o talco.

La policía considera que el mercado está funcionando de forma óptima cuando una dosis de cocaína negociada en la calle o en sitios habituales de comercio tiene alrededor del 30% de pureza. No hay dosis callejeras que contengan más de ese porcentaje, y alrededor de esa cantidad se crea el umbral de satisfacción (o no) de un consumidor habitual.
Sin embargo, la realidad está muy lejos de esas cifras. De las muestras que analizamos en el Laboratorio de Análisis Antidoping de la Universidad de Chile, la de mejor calidad tenía un 10,8% de cocaína. Se trata de la muestra 01210, adquirida al anochecer de un día de semana en el barrio del Club Hípico, a un tipo que contactó el taxista al que le habíamos pedido que nos ayudara a conseguir un papelillo o "mote".
El análisis consideraba las sustancias orgánicas incluidas en el papelillo, pero no encontró ninguna. Este resultado permite dos conclusiones inmediatas: el 89% restante estaba compuesto de inorgánicos como cal, yeso, harina, maicena, glucosa, azúcar flor y otras sustancias blancuzcas. La segunda es que los santiaguinos están pagando cinco mil pesos por menos de un gramo de cal o "rayado de pared", creyendo que están jalando "de la buena". En realidad están inhalando caca.
Eso en el mejor de los casos. La peor de las muestras analizadas tenía 0,7% de droga y un porcentaje no determinado de lidocaína, un anestésico de uso farmacéutico. Se trata de una dosis comprada en una esquina de La Reina a plena luz del día. Más del 99% era basura.
"La Presidencial"
En cualquier ciudad, un taxista suele ser una llave maestra para conseguir lo imposible, y los conductores capitalinos no defraudaron el tópico. La técnica es muy simple: les indicamos una dirección, pero les preguntamos si nos podían ayudar a conseguir un poco de cocaína. Todos miraron mucho por el retrovisor y algunos hicieron preguntas, pero, con dos excepciones, hubo seis que nos llevaron a algún punto de venta.
Uno de ellos, después de hacerse de rogar, de mucho mirar y de advertir que la carrera saldría cara, dijo que él conocía la mejor, la VIP. "Ésta es la presidencial. Si el Presidente jalara, jalaría de ésta", se jactó, mientras se dirigía hacia la población San Gregorio. Hizo una llamada por celular y al acercarnos repitió la llamada.
Un tipo que esperaba en una esquina se subió al auto, entregó su papelillo, guardó el billete y se bajó. Guardamos el "mote" en el frasquito de plástico con funda roja que nos habían dado en el laboratorio, cortamos el plástico de seguridad, según el protocolo exigido por el Laboratorio de Análisis Antidoping, y la bautizamos como "La Presidencial". Es la muestra número 01251.
El resultado demostró que el taxista-dealer era un bocazas: "Se detectó y confirmó la presencia de cocaína. Pureza: 5%. Otras sustancias: lidocaína y procaína". El resto de las dosis conseguidas ofreció el mismo rendimiento: una comprada en Peñalolén (muestra 01237) tenía 8,4% e incluía benzocaína y lidocaína; otra comprada en Providencia (muestra 01283) tenía el 7% y un poco de lidocaína, y otra en Vitacura (muestra 01217) un 5% más lidocaína y procaína. Todas esas sustancias son anestesiantes de uso farmacéutico y pueden comprarse fácilmente.
¿Cómo saber qué hay en un papelillo de cocaína? ¿Quién controla lo que se están metiendo en sus fosas nasales los santiaguinos que creen jalar coca? Los laboratorios capitalinos que pueden analizar las sustancias inorgánicas presentes en estas muestras son el del Instituto de Salud Pública (ISP) y el Laboratorio de Criminalística Central de la Policía de Investigaciones de Chile. El primero está colapsado por sus obligaciones judiciales, y en el segundo resultaron afectadas algunas instalaciones con el incendio que sufrió a comienzos de mayo. El laboratorio del ISP es el único que realiza las pericias desde que en noviembre de 2004 entró en vigencia la Ley de Drogas, lo que explica su conocido atascamiento y los problemas que ha ocasionado a los jueces, que muchas veces necesitan los resultados de esas pericias en cinco días para procesar o no a algún detenido o sospechoso de tráfico.
Los "aditivos"
Ricardo Rosas, jefe de la Sección Química y Física del Laboratorio de Criminalística de la Policía de Investigaciones, no necesita analizar estas muestras específicas para saber qué contienen: "En el caso del clorhidrato de cocaína, los aditivos más frecuentes son glucosa, sulfato de magnesio, polvo amargo, ácido bórico (usado para simular el brillo del clorhidrato); anestésicos como lidocaína, procaína, benzocaína; bicarbonato, almidón de maíz (maicena), talco, leche en polvo".
Todas son sustancias de venta más o menos libre. Algunas pueden resultar peligrosas, como la lidocaína, que es un estimulante cardíaco y puede producir paros de corazón a personas con esas dolencias. Los anestésicos, que son aditivos más sofisticados y frecuentemente usados por "dealers" con clientes más exigentes, no son muy comunes, y el veterano analista del laboratorio de la policía civil opina que esta práctica es propia de traficantes con más pillería -y más cultura- y que operan en un mercado más exigente.
Rosas ha escuchado la teoría de que puede haber filtraciones hacia bandas de narcotraficantes en los laboratorios donde se producen estos aditivos, pero no le consta. Lo que sí se imagina es que un traficante de población, de estatus social y cultural bajo, le echa lo que tenga a mano, que suelen ser silicatos, o sea cal, más leche en polvo y un poco de yeso raspado de la pared, y la va "pateando" lo más que pueda.
Son precisamente las impurezas más groseras, como la cal o el yeso -desechadas y eliminadas por las mucosas nasales, que absorben perfectamente el alcaloide-, las que generan esas gotitas delatoras que caen por la nariz del consumidor al día siguiente de la farra coquera. Para dilucidar la presencia de aditivos de mala calaña, los narcos practican un sencillo test. Toman una cantidad de droga, una medida -en una cucharilla ad hoc-, y la disuelven en un vaso de pisco o de otro alcohol. La cocaína se disuelve inmediatamente, pero las impurezas quedan flotando. Todo lo que flota en el pisco es evidencia de aditivos de mala calidad.
Los traficantes "serios"
Al que sí le consta cómo opera todo el mundo de la cocaína, y puede explicar hasta el más minucioso detalle, es a Germán Ibarra, subprefecto jefe de la Brigada Antinarcóticos Metropolitana de la Policía de Investigaciones. En su oficina de la calle Guadal, Ibarra explica los detalles de los procesos que convierten la cocaína de una pureza superior al 90% -como sale de los laboratorios de las grandes bandas y que es el estándar internacional- en la auténtica basura que circula por las fosas nasales de los chilenos.
La exigencia de los mercados globales es de extrema calidad: "Las organizaciones serias producen cocaína de pureza superior al 90%. Lo que encontramos, que ha sido procesado en laboratorios empíricos, tiene alrededor de un 96%. En laboratorios químicos se puede lograr hasta un 100% de pureza".
Las que el subprefecto Ibarra llama "organizaciones serias" suelen marcar sus paquetes como los agricultores su ganado: a fuego. En bajo o sobre relieve, y también identifican una cosecha, en ocasiones gracias a una segunda etiqueta. La policía conoce muchos casos de envíos de droga a Europa que han sido devueltos por no alcanzar esa pureza y han tenido que viajar químicos sudamericanos a reprocesar esa mercadería, para lograr la calidad pactada en el negocio.
La cocaína, una vez empieza su cadena de distribución, se acomoda para que llegue a la calle con un 30%. Eso significa que un kilo se convierte en tres. De ahí para abajo se va doblando, a veces hasta el infinito. Mientras más distante está en la cadena de distribución, menos pureza. En cada pasada, el traficante o intermediario multiplica su negocio. La muestra 01222, bautizada como "La Reina Brillante" por su color resplandeciente, que compramos en una esquina de esa comuna, ha pasado por unas 50 manos o sus equivalentes "pateadores".
Pateando polvo
Un kilo de clorhidrato de cocaína se puede comprar en Huallaga, una zona de producción de los Andes peruanos, en mil dólares (alrededor de 600 mil pesos). En Lima vale 1.500 dólares, en Tacna 1.800. En territorio chileno el kilo se negocia alrededor de los 3,5 millones de pesos. El distribuidor sectorial la compra en el mismo precio, pero la recibe "cortada" al triple y la vende al mismo precio que la compró. ¿Qué hace? La duplica. Le pone uno o dos aditivos y la convierte en dos kilos. Su utilidad es de un 100%. Él vende a otro distribuidor en cantidades menores, por ejemplo de a 200 gramos. Ese tipo hace exactamente lo mismo, y ahí empieza a degradarse drásticamente la pureza, hasta llegar a ese promedio del 5% que encontramos en las muestras analizadas. "Cuando encuentras una dosis con menos del 1% se puede demostrar la cantidad de manos por las que pasó esa mercancía que empezó el circuito casi con un 100% de pureza", ratifica Ibarra.
Eso en cuanto a la calidad de la droga incluida en cada dosis, pero la cantidad tampoco funciona como es publicitada. Cuando hay escasez comienza el juego del peso. Empieza a achicarse el contenido de los papelillos. Los "ratis" de antinarcóticos conocen una amplia gama de éstos, que van desde 0,60 hasta el gramo, que sería la dosis de cinco mil pesos, aunque en este mercado hay dos medidas básicas: la papelina de cinco lucas y la de diez.
Reacciones corporales
Los detectives saben que cuando los papelillos que están ofreciendo los dealers están "cortos", hay escasez de oferta. Dealer, palabra usurpada de la terminología bursátil, es el que consigue para otro. Dealers son los taxistas que nos llevaron a comprar y también el traficante que, estando en la cárcel, organiza por celular una venta de diez kilos sin tocar la mercancía.
Un dealer de buena reputación, retirado de las pistas, es Juan Carlos, un tipo elegante que nos cita en una esquina de Vitacura, aunque a los pocos minutos de caminar cambia de parecer y enfila hacia su departamento. Al rato llega un amigo, que dice llamarse Daniel López. Su cara es conocida en las revistas de farándula.
Son viejos compinches de batallas nasales y, aunque prohíben la grabadora, se despachan con su larga experiencia.
Juan Carlos confiesa que fue dealer top entre 1997 y 2003. Ahora consume por placer y comparte el vicio con algunos de sus mejores amigos. Le preguntamos sobre el mecanismo de la adicción y esa supuesta fiebre que se apodera del cocainómano: "Todos los estudios demuestran que el momento de mayor placer es antes de jalar, cuando la estás moliendo, cuando la tienes a la vista. He visto películas científicas donde la pigmentación de las zonas cerebrales se pone al rojo justo en esos momentos, y disminuye cuando la estás inhalando".
Es el efecto placebo. Es más excitante la puesta en escena que el instante en que se jala. El dealer cuenta que una buena coca detona inmediatas ganas de defecar en algunos consumidores: "El efecto placebo es tan real que hay gente que llegaba a mi casa a buscar el mote y lo primero que hacía era ir al baño. Una mina me decía: te veo y me dan ganas de cagar".
Daniel López, filosófico, dice que "sabemos que no es lo que es, sino lo que parece ser, porque cumple funciones de algo que deseas, no de sus reales cualidades químicas. Me recuerda la clandestinidad: la fruición por el rito asociado al acto ilegal. Me miento que es un rito distinto de lo que sé que estoy haciendo".
Un animal todopoderoso
Disquisiciones aparte, ambos reconocen que la coca infla el ego: "Cuando estás jalando no escuchas a nadie. Hablas siempre encima de las opiniones de los otros, porque crees que tu idea es más brillante que ninguna. El otro no existe, puedes mandar a la mierda a Einstein por pelotudo".
Se creen dueños del mundo y no tienen conciencia de nada, menos del peligro. Juan Carlos confiesa que se ha acostado con una mujer portadora de VIH sólo por estar muy jalado.
"No discriminas", dice. "Jalado soy un animal todopoderoso, y lo mismo le pasa a las minas, que se vuelven locas y pueden transgredir cualquier norma. Lo único que te retiene un poco es que sabes que 'subido a la pelota' no vas a tener erección, pero es un ejercicio de poder y te pones versátil, cruzas las barreras y las haces todas igual, porque la excitación es mental, no genital".
Juan Carlos, que asegura que nunca "pateó" una dosis con sustancias de mala muerte, cuenta que su peor experiencia la vivió en Iquique, cuando le vendieron vidrio molido en una papelina: "Eran cabrones resentidos sociales, que se vengaban de la gente que tenía buena pinta".
En los tiempos en que ejercía, él se autodenominaba "dealer fáctico", porque la sola mención de que él iría a un bar o una fiesta hacía que el lugar se llenara. Juan Carlos considera que los dealers son "tontos con mentalidad cortoplacista. Mi negocio era al revés, porque patearla es lo más flaite que hay. Por eso el mote sigue costando lo mismo que hace 20 años, pero ahora te dan mierda en vez de coca".
Pero él mismo sabe que la mayoría de los consumidores esporádicos no tiene previsto jalar antes de empezar la noche. Lo deciden después del segundo whisky, y "ellos son los que van y compran esas porquerías que les han vendido a ustedes". Porquerías que mantienen el umbral de tolerancia del organismo del adicto en niveles muy bajos y lo exponen a dos riesgos graves: la intoxicación con cal, yeso o tánax, por un lado, y también al riesgo de sobredosis cuando pillan una mercancía de mayor pureza, que puede producirles un colapso al inhalar un nivel de alcaloide para el que su organismo no está preparado.
Coma por sobredosis
Por esto las llamadas sobredosis no se refieren a la cantidad de droga ingerida, sino a su pureza. Cada adicto tiene su propio umbral de tolerancia, regulado por su organismo, según la calidad de la droga que se le suministre. "Es lo mismo que sucede con cualquier droga, como con las benzodiazepinas", razona el detective Ricardo Rosas.
La policía conoce lo riesgoso que puede resultar una partida de cocaína de alta pureza circulando en el mercado. Germán Ibarra cuenta un episodio espectacular que le ocurrió a un joven físico-culturista que un día descubrió que el padre de su novia era traficante. Una noche en que tenía una fiesta se metió a la bodega del suegro y encontró un paquete escondido en un mueble. Lo llevó a la fiesta, puso el polvo de la "Diosa Blanca" en la mesa y se pusieron a jalar todos.
¿Cuánto jalaban? Lo que estaban habituados, las misma rayas de siempre, pero era cocaína de un 96% de pureza. En media hora se había producido un desastre. Seis perdieron el conocimiento y otros huyeron. Llamaron a la Clínica Las Condes y las ambulancias se llevaron a seis jóvenes en coma. Todos quedaron con secuelas graves. El físico-culturista tuvo un accidente vascular y quedó con la mitad de su cuerpo paralizado. No contaban con que el suegro sí que tenía "de la buena". Esa es una sobredosis de manual. Los detectives, alertados por los médicos de la clínica, entraron a la bodega y encontraron 15 kilos dentro de los muebles. Tanto riesgo hay en las dosis "pateadas" que llevan menos del 1% de droga, como en las de gran pureza.